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PASCUA Y PRIMAVERA - CARLOS MALAGON

Actualizado: 9 jun



EL PRIMER ARTÍCULO ES DE CARLOS MALAGÓN

LOS SIGUIENTES ARTICULOS Y EL POEMA SON APORTACIONES DE CARLOS MALAGON – gracias…


Primavera

El ciclo anual es un juego rítmico entre morir y resucitar. Hablamos de renovación sin saber que cada día lo hemos de hacer sin que nadie nos lo diga, sin que nadie nos lo cuente.

El otoño deja en silencio la tierra para el invierno, mientras los seres humanos se elevan en la luz que nace de dentro en busca de la Navidad; la primavera despierta la naturaleza que se engalana. Es hermoso ver “la risa en los prados verdes, la herida en las espigas agostadas” que nos regala la amapola jugando entre lirios e iris. Entre tanto la luz de los hombres viaja al cosmos dejando que sintamos la materialidad de nuestro ser. Es un precioso quiasmo que nos permite a la humanidad ser el contrapunto del mundo, la alteridad de la naturaleza. La naturaleza se silencia y la luz nace en nuestro interior; la naturaleza despierta y la luz se dibuja en la periferia para que como humanos nos sintamos piedra, mineral, tierra.

Resucitar es etimológicamente volverse a levantar, sentir que estamos vivos. Resucitar es acercarse a la divinidad, siendo partícipes del misterio de la resurrección experimentamos también el secreto de la muerte. Respirar es vivir y morir, dormir es acercarse al otro lado de la mano de la pequeña muerte, así es como llamaban los griegos al sueño. La polaridad de saber que existe el otro lado. Alejandra Pizarnik lo cuenta de una manera maravillosa: “Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si queda lejos se le responderá: del otro lado del río, no este sino aquel.

Y ese resucitar que nos hace sabernos seres divinos, tan creadores como criaturas, surgió en el Misterio del Gólgota. Cuando Cristo expiró hubo un terremoto que rasgó el velo del templo y en ese momento la divinidad, escapando del templo, pudo habitar en cada hombre, en cada mujer, porque el cuerpo humano se convirtió en el nuevo templo. Cada persona puede resucitar, religarse con lo divino desde su propio ser.

Ahora la responsabilidad está en nuestras manos, Cristo ha permitido con su sacrificio que cada uno sea responsable de sus procesos de muerte y resurrección, de su relación con los demás seres humanos, de su destino.

Criaturas creadoras que trazan su camino en libertad y con amor. Qué gran regalo saber morir y resucitar.

Carlos Malagón


ARTÍCULO Manuel Vicent

Cristo y los espárragos, los virus y las bacterias, los ajos tiernos y las habas, todo resucita esta mañana de gloria. Las golondrinas vuelven, las torcaces pasan, el caracolillo se pega a la carena de los barcos, el pulgón de los rosales realiza la primera escalada hacia la belleza, la flor de los cerezos desafía a la nieve en el deshielo, los insectos hierven en las charcas, las semillas después de pudrirse germinan, el trigo ensaya el primer verde oleaje. Toda la naturaleza celebra la fiesta de la resurrección, de modo que sal del sepulcro de todos los días, levántate y anda. O más bien, huye, porque hoy la huida es la única forma de salvación. Creer que mientras vives no estás muerto es solo una bella suposición, puesto que mucha gente muere antes de morir y no se da cuenta. He aquí algunas pruebas inapelables. Si de madrugada, despierto en la cama, estiras una pierna hacia el lado fresco de la sábana y no sientes placer, es que estás muerto. Si al abrir los ojos descubres que está el sol en la ventana y no concibes que ese es un milagro que se repite cada mañana exclusivamente en tu honor, es que estás muerto. Si no agradeces que la brisa de primavera infle los visillos y llene tu habitación de un aroma de mar, es que estás muerto. Si pese a todo, persistes en enterarte de las noticias que llenan de basura moral el mundo y las prefieres al aroma de café que te llega de la cocina, es que estás muerto. Bosteza, ráscate la espalda por debajo del pijama y prepárate para el examen ante el espejo del cuarto de baño. Si ese espejo, que lo sabe todo de ti, no te absuelve, es que estás muerto. En la forma de partir el pan reconocieron al Maestro resucitado sus discípulos en el camino de Emaús. Prueba a compartir una agradable sobremesa con los amigos y si ignoras que la inmortalidad está en el fondo de ese placer, vuelve al sepulcro.


ARTÍCULO Manuel Rivas

Las espinas y las golondrinas

¿Cómo se trataría hoy la muerte de Cristo en las redes sociales? ¿Cuánto tiempo sería trending topic? Es posible que mucha gente, de vacaciones de Semana Santa, ni se enterase. Supongo que habría un montón de curiosos haciéndose selfies con el fondo del crucificado. Pidiéndole una última sonrisa: “¡No te lo tomes a la tremenda, Inri!”. Imagino al que dirigió el flagelo y la coronación con varas trenzadas de espinas explicando a cámara que no se trataba propiamente de una tortura, sino de mantener una tradición.

Recuerdo unas declaraciones de un exjefe de la Pide, la policía política de la dictadura portuguesa, en las que negaba que se torturase a los prisioneros: “Se trataba sencillamente de causarles cierta incomodidad”.

–¡Pero este eccehomo está chorreando sangre por la cabeza!

Las más auténticas procesiones de Semana Santa de este año son las de los refugiados de Europa

–Nada, hombre. Un poco de incomodidad.

Y seguramente Poncio Pilatos, después de hacerse rogar, comparecería al fin en pantalla de plasma para lavarse las manos ante la audiencia: “Aquí que cada vela aguante su palo y a ver qué futuro le dejamos a nuestros antepasados”.

No faltaría la avalancha de haters (odiadores) con su particular shitstorm (tormenta de mierda), humillando a la víctima y jaleando a los opresores: “Houdini ya se hubiera fugado”, “El Rey de Reyes era un perroflauta”, “Baja de la cruz, Mesías, que ya te han pasado los quince minutos de posteridad”, “¡El muchacho de Nazaret consiguió ser Dios en prime time!”.

Debe ser por el oficio de escritor, esa disposición al enigma, que siempre tuve dificultades para saber de qué lado estaba en la frontera de la ficción y la realidad. Por eso evitaba de niño las procesiones de Semana Santa. Tiraba o me soltaba de la mano de la madre y escapaba cuando aparecían las formaciones de encapuchados morados, el redoble intimidante de los tambores, los guardias armados escoltando al Cristo. Borges se horrorizó con razón ante un estúpido soneto antisemita de Góngora en el que este se burlaba de un auto de fe, en Granada, que se limitaba a un solo quemado vivo: “Cinco en estatua / sólo uno en persona…”. ¡Pobre cartel, pobre espectáculo!

Para mí, en la infancia y más tarde, aquel ritual de Semana Santa, aquella forma de exhibir el crucificado, representaba, sin más retóricas, el triunfo del miedo. En tiempos, asistí a los oficios, a los pasos del Calvario, y lo que me quedó de todo ese relato fue aquella interpelación tremenda del chico arameo: “Eloi, eloi, lamá sabactani” (Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

Podría decir que soy ateo. Eso respondí muy seguro a unos amigos en Belfast, hasta que me hicieron tambalear con la respuesta: “Sí, pero ¿eres ateo católico o ateo protestante?”.

Sea lo que sea, Cristo situó la igualdad en el núcleo de la conciencia y la creación, y ya no hay quien la arranque de ahí ni con bomba de hidrógeno. Y su revolución transformó también para siempre el relato literario. En la antigüedad estaban muy diferenciados el estilo sublime (sermo sublimis) y el popular (sermo humilis). El relato de la pasión de Cristo revienta esa convención. Escribe Erich Auerbach en su genial Mímesis: “Que el Rey de Reyes hubiera sido escarnecido, escupido, azotado y clavado en la cruz como un criminal vulgar, esta narración aniquiló por completo, al penetrar a fondo en la conciencia de los hombres, la estética de la separación de estilos”.

Las más auténticas procesiones de Semana Santa de este año son las de refugiados por las fronteras de espinas envueltas en bruma de Europa. Desde que falleció ahogado Aylan Kurdi, han muerto más de quinientos niños en este éxodo. Se calcula que más de diez mil niñas y niños han desaparecido. Lo más probable, secuestrados y sometidos a tratos que harían saltar las entrañas de un smartphone de última generación. Son nuestros eccehomos y eccedonnas. Y lo mismo ha ocurrido, y está ocurriendo, con un gran número de mujeres. No sé si Dios es, pero si es, es pequeño y es mujer. Y desde luego lleva una corona de espinas. Flagelados y con espinas salieron cientos de miles de personas exiliadas de España en 1939. Y una gran parte fue salvada en una operación de acogida mucho más complicada que la actual: había que cruzar el Atlántico para llegar a Chile o a México. Este país, México, hizo infinitamente más en un año por los españoles que lo que España ha hecho por todos los refugiados durante años en el Mediterráneo.

En los momentos límites, decía Albert Camus, sólo hay dos partidos: el de la humanidad y el de inhumanidad. Europa se jodió históricamente cuando triunfó el partido de la inhumanidad. Y parece que quiere volver a asomar.

Dicen que se conservan setecientas espinas de la corona primitiva de Jesús y que en España hay unas cuarenta. La mayoría están en Notre Dame, junto con un clavo de la cruz. Dicen también que parte de esas espinas reverdecen. Eso sí que me lo creo. Y también creo en las golondrinas, esa incorporación popular al relato de Cristo. Fueron ellas las que lo aliviaron de las espinas.

Espero que este año la primavera de Europa se llene de nubes de golondrinas.


ARTICULO Rosa Montero

Una hermosa lágrima

EL OTRO DÍA me sucedió algo extraordinario. Estaba en Barcelona para asistir a un congreso literario y salí del hotel a primera hora de la tarde camino de una mesa redonda. Me alojaba cerca de las Ramblas, en plena zona turística, y la calle era un hervidero de peatones.

Y, como siempre sucede en el centro de las grandes ciudades, también había un montón de mendigos. Uno de ellos era más llamativo; pertenecía al registro de indigentes discapacitados y contrahechos, a ese terrible, patético rubro de personas desbaratadas que son esclavas de mafias sin escrúpulos, que los obligan a exhibir sus deformidades para causar conmoción y piedad en el viandante. Ya se sabe que la explotación del monstruo, del débil, del distinto es un antiquísimo negocio. Todo un clásico de la maldad humana.

Este mendigo en concreto se encontraba arrimado a la pared y sentado en el suelo sobre una manta. Las piernas, tapadas con el cobertor, no se le veían. Por la carencia de volumen, debían de ser delgadísimas, o quizá ni siquiera tuviera extremidades inferiores, no me fijé lo suficiente para saberlo; nunca miramos mucho a personas así. Lo que resultaba indudable era que no podía caminar por sí solo. Sus explotadores debían de haberlo colocado ahí en algún momento, como quien coloca una máquina tragaperras en un bar.

Un hierofante, que en la Grecia antigua era el sumo sacerdote de los cultos mistéricos. De hecho, la palabra hierofante significa “el que hace aparecer lo sagrado”.

Estaba desnudo de cintura para arriba. Mostraba un torso raquítico y deforme, un pecho picudo de paloma, unos bracitos casi inútiles, puro hueso y pellejo. Coronándolo todo, una cabeza demasiado grande con una desordenada cabellera castaña. Esa tarde no hacía frío, pero desde luego tampoco hacía calor como para estar así, desnudo y quieto. Pasé por delante sin detenerme, diciéndome, como siempre que veo algo así, que no se debe dar dinero a estos indigentes para no fomentar la explotación, y también preguntándome cómo es posible que permitamos que suceda semejante abuso ante nuestros ojos; cómo no interviene la autoridad, cómo no lo rescatan de la mafia. Pero a los dos minutos se me fue el asunto de la cabeza.

Cuando regresé al hotel seis horas más tarde ya era de noche. Y el mendigo seguía allí, desnudo y solo. Pensé: si no saca suficiente dinero lo mismo lo tienen aquí hasta la madrugada. Resoplé, enrabietada contra mí misma, contra el mundo, contra los explotadores, sabiendo que iba a intentar paliar mi desasosiego con una maldita limosna. Me acerqué rápidamente, eché dos tristes euros en el bote que tenía delante de él y salí escopetada. Pero entonces el hombre me chistó, deteniendo mi huida. Me volví y advertí que el mendigo estaba cogiendo un objeto pequeño que había sobre la manta. Estiró su bracito maltrecho y me lo tendió; desconcertada, puse la mano y él depositó en mi palma un bellísimo cristal pulido del tamaño de una alubia, con un color azul profundo y una limpia y oscura transparencia. Alcé la cara, atónita, y por primera vez vi de verdad al hombre. Sus ojos eran de un tono verde uva imposible, maravilloso. Una mirada sobrecogedora que no parecía pertenecer a este mundo. Me dijo algo en una lengua desconocida. Yo le susurré gracias con la garganta apretada, las gracias más sinceras que he dicho en mi vida, y me fui con el cristal dentro del puño.

Horas más tarde, aún trastornada por el suceso, escribí a un amigo contándole la historia, y él me contestó: “Es un hierofante; no sientas pena de él”. Me pareció precioso: sí, un hierofante, que en la Grecia antigua era el sumo sacerdote de los cultos mistéricos. De hecho, la palabra hierofante significa “el que hace aparecer lo sagrado”, y eso era exactamente lo que había logrado nuestro mendigo: que por un instante se parara el rotar del planeta, que estallaran el misterio y la belleza de la vida, todo aquello que es mucho más grande que nosotros. Me sentí bendecida, porque eso es lo sagrado para mí, que no soy creyente. Ese hombre contrahecho, que ha debido y debe de tener la existencia más dura que pensarse pueda, fue capaz de elevarse por encima de todas sus limitaciones y, revestido de una suprema dignidad, me dio un regalo que nadie hubiera podido pagar ni con todo el dinero del mundo. Y aquí estoy, agradecida, con su hermosa lágrima de cristal en la mano.


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